viernes, 31 de diciembre de 2010

Los ruidos del día a día

Si se callase el ruido, 

oirías la lluvia caer

limpiando la ciudad de espectros,

te oiría hablar en sueños
y abriría las ventanas.
Si se callase el ruido
quizá podríamos hablar
y soplar sobre las heridas,
quizás entenderías
que nos queda la esperanza.

Los días son, para mi gusto, demasiado ruidosos. Empiezan con un estridente y falso kikiriki  que, desde el móvil, me indica que ha llegado la hora de levantarse. Pocos minutos después, la señal horaria y los diferentes informativos radiofónicos me van acompañando en el remoloneo entre las sábanas, la ducha y los nuevos ruidos que van despertando mis mañana. El zumbido del exprimidor y los pitidos de la cafetera, el microondas y la tostadora me indican que ya puedo tomarme el sonoro desayuno. Continúo en el baño, con el silbido del cepillo de dientes y a las 8:15 en punto, la máquina de barrer las calles y su fiel compañero el chorro de aire que despeja las aceras de hojas secas empiezan a ponerme nerviosa. Todo ello, entremezclado con algún claxon, una ambulancia, la subida de barreras metálicas y algún grito por la calle, conforman mi primera hora de día.

Es una hora que me introduce al ruido de las demás. Voces altas en el trabajo contando el último capítulo de la serie de moda, portazos de un jefe malhumorado que llega tarde, móviles que no paran de sonar (¿para qué se inventó el "modo silencio o vibración"?), tacones que suben y bajan escaleras, el estruendo de las máquinas de aire acondicionado y el chuf cada par de minutos del ambientador. Sumamos la fotocopiadora, el escáner, los once teléfonos fijos sonando y el movimiento constante de sillas que hacen de las siguientes seis horas y media una orquesta constante de soniquetes que van ocupando mi cabeza.

Por la tarde, más de lo mismo en diferentes contextos, medida y volumen. Interfonos que suenan, camiones de la basura que recogen los desperdicios silenciosos o los envases de vidrio ensordecedores, un poco de tele, de música, diferentes tonos del móvil que me indican la llegada de un mail, de un mensaje, de un tweet, de un WhatsApp o de una conversación por Msn. Se oyen risas y llantos, gente transmitiendo buenas noticias, ordenando el pedido en la frutería o quejándose de las últimas subidas de la luz. Y, a todo ello, una que debería pensar, oírse sus ideas para poder plasmarlas por escrito o en voz alta, se queda con la copla de algunas y el soniquete final de otras. Es la impotencia de comprobar que muchas veces los sonidos exteriores no dejan oír los propios, que los ruidos falsos creados por el hombre impiden escuchar el trinar de los gorriones, el movimiento de las copas de los árboles, el vaivén de las olas del mar o la lluvia caer sobre mi balcón. Pero no sólo eso, también me impiden escribir "a la primera" sobre los problemas que estamos teniendo en el país, sobre las emociones de este año que se acaba o de las ilusiones para el que empieza. 

Voy apuntando ideas en cuadernos y hojas sueltas para luego desarrollarlas, pero se pierden por el camino y mientras intento adivinar qué quería decir con una frase o unas líneas sobre un tema, siento absoluta admiración por aquellos que son capaces de no oír lo de fuera o de oírlo y escribirlo para que los demás podamos poner palabra a las ideas que rondan sobre el mar de ruidos y materia gris.

Ismael Serrano, cuya canción he querido que acompañara estas líneas es una de esas personas capaz de poner por escrito lo que él piensa, es capaz de estar presente en casa, compartiendo sus pensamientos a través de su voz y la música y de reflejar a la perfección ideas que no sé expresar tan perfectamente. De él, al igual que de otras personas "anónimas" no quiero que pare el ruido, quiero que sean mi lluvia ensordecedora que me empapa de vida que, al fin y al cabo, es llenarme de pensamientos.

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