jueves, 22 de septiembre de 2011

Vacunación, una responsabilidad social.

Ahora que está de moda el “no vacunar” a los niños, que salen grupos de padres que se autodenominan responsables con sus hijos porque optan a no inyectar sustancias extrañas en el cuerpo de sus vástagos, cabe hacer memoria y pensar en los millones de vidas que han salvado las vacunas y en el retroceso que sus actos están produciendo a la sociedad.

Vacunar a un niño no es sólo un acto de responsabilidad con el propio hijo, sino con toda la sociedad a la que se pertenece. Es cierto que en un porcentaje muy bajo de vacunados, pueden darse efectos secundarios. Efectos que se producen tanto en niños como en adultos (recuerdo el dolor y las décimas que me supusieron la última vacuna de fiebre amarilla). Pero, ese pequeño dolor es un mal menor ante lo que puede suponer para la salud contraer cualquiera de las enfermedades contra las que se lucha mediante la vacunación.

Nuestra esperanza de vida, la de los habitantes de los países desarrollados y con buenos sistemas sanitarios, sobrepasa ya los 80 años, duplicando a la de nuestros antepasados, a la de aquellos que no pudieron inmunizarse ante las grandes enfermedades.

Ahora que en Europa podemos acceder a la protección inmunológica de forma sencilla, creo que es interesante hacer memoria e historia y ver cómo nacieron las primeras vacunas y cómo llegaron a Mallorca por medio del "Instituto Balear de Vacunación directa".

Hasta el siglo XVIII, la viruela era una de las enfermedades epidémicas con mayor índice de mortalidad. En esa época, sin medicinas apropiadas ni vacunas desarrolladas ya se sabía que, el paciente que había superado la enfermedad, no volvía a contraerla y la única forma de tratar a los enfermos de forma preventiva consistía en inocular a un paciente sano piel infectada de un paciente que presentara un ataque leve de viruela. Pero, la inoculación no era siempre segura. El paciente podía desarrollar una versión fuerte, ser foco de infección y hasta fallecer.

El gran descubrimiento de la inmunización llegó gracias al médico rural inglés Edward Jenner, quien observó como las mujeres que trabajaban y ordeñaban a determinadas vacas, no contraían la viruela. Analizando las urbes de esas reses, descubrió una especie de viruela animal que podía inmunizar a los humanos ante el virus. Las mujeres, al estar en contacto con las heridas de las urbes, se inmunizaban, por lo que el Dr. Jenner decidió trasladar pústulas de las vacas e inoculárselas a otros pacientes. Así, en 1796, nació la primera vacuna de la historia.

En España, la vacunación llegó entre 1799 y 1800 y en Mallorca se vacunó por primera vez en 1801. Los problemas iniciales, con la infección de otras enfermedades entre los vacunados, hizo que los médicos de las islas se plantearan un sistema más cuidado e inspeccionado por diferentes galenos. Así nació, en 1885 el "Instituto Balear de Vacunación directa", instituto que, gracias al cultivo en terneras de viruela, pudo inocular durante casi 20 años a unas 20.000 personas. En el Colegio de Médicos se habilitó un pesebre en el que había diferentes vacas con viruela y, de allí, mediante el contacto directo o mediante la colocación sobre la piel del paciente de pústulas, se vacunaba a los mallorquines.

Vacunarse tenía diferentes precios, dependiendo de si los pacientes acudían al Colegio de Médicos a inocularse o si la becerra iba a domicilio y los médicos, quienes debían animar a la población a realizar esta práctica, así como los familiares y criados que vivieran bajo el mismo techo, recibían la vacunación gratuitamente.

Pese a que el Instituto no tuvo la repercusión que se esperaba, sí puede decirse que fue una de las mayores aportaciones que hizo el Colegio de Médicos a la sociedad balear y, simplemente por el reconocimiento a la labor altruista de unos profesionales que luchaban por prevenir enfermedades, por aplicar los avances que llegaban de fuera y por proteger a toda la población, debería tenerse en cuenta el peligro que corremos ante una posible generación de "no vacunados".