miércoles, 20 de marzo de 2013

El odio al amor

La RAE, define la palabra odio como "antipatía y aversión hacia algo o hacia alguien cuyo mal se desea". En mi opinión, la Real Academia de la Lengua obvia en su definición otra clase de odio mucho más dolorosa y cruel: el odio por exceso de amor. 

Este odio, ocasionado por el desamor y los amores imposibles, generalmente no se manifiesta en el deseo del mal al otro sino mediante la certeza de que el que lo siente es "un auténtico desgraciado". Este odio es el resultado de querer incondicionalmente, de desear estar presente en la vida de alguien para el que eres tan solo uno más, de echar de menos las ausencias de huecos que nunca ha llenado, de que todos los caminos conduzcan a él/ella y de dedicarle cada día tus últimos "buenas noches" y tus primeros "buenos días" en silencio. 

Es un odio irreal, mental más que visceral, pero que sigue saliendo de lo más profundo de uno mismo mediante una confrontación sentimental entre lo que ocupa el corazón y lo que nos dice la razón. Es la constante lucha entre el querer y el necesitar odiar para olvidar. Es la necesidad de ser capaz de gestionar tus sentimientos, de apartarlos de aquel o aquella que no los merece, de conseguir actuar con la misma indiferencia hacia sus problemas y preocupaciones. Es desear poder dejar de llorar por sus fracasos y alegrarte por sus triunfos. Es, sin duda, el impulso irresistible de conseguir volver a llevar las riendas de tu vida sin la irrupción de un ser extraño que no hace más que estorbar en tu avance personal. 

Es el odiar a alguien tanto tanto por el daño que nos hace quererles que se convierte en el odio a nuestros mejores y más bonitos sentimientos. Es el odio más cruel, mezquino y duro. Es la búsqueda de una explicación al amar sin respuesta. Es, en definitiva, el odio al amor. 



Canción "Te odio" de Ismael Serrano

lunes, 11 de marzo de 2013

Cada día es 11 M



Si alguien me preguntara qué hacía el 9, 10, 12 ó 13 de marzo de 2004, tendría que hacer una composición con los recuerdos de mi vida cotidiana en Madrid para contestar. Supongo que fui a clase, entrené a futbito, vi alguna de las series de la época y poco más podría contar. Muy diferente es si se me pregunta por el 11M. Ese día está grabado minuto a minuto en mi memoria, como si los días negros que vivimos fueran capaces de dejar un agujero en la vida de uno, un espacio que el dolor y la rabia no dejan rellenar por nada más, por mucho que pasen los años. 

La mañana del 11 de marzo de 2004 podría haber sido medio normal dentro de mi vida de estudiante de quinto de carrera que vive en un Colegio Mayor y que tiene un novio verdaderamente cabrón. Pero, por desgracia, no fue así. Esa mañana me despertaba en su habitación, en esa cama de 90 cm en la que no cabíamos pero que tantas noches compartimos. Esa noche no "tocaba" dormir juntos, pero una reconciliación por no sé qué bronca que habíamos tenido unos días, o unas horas antes, nos hizo amanecer en "el seminario" la mañana más dolorosa de los 7 años que pasé en la capital de España. 

Nos dimos cuenta de que algo raro pasaba porque desde muy temprano los móviles no dejaban de pitar. Nos llegaban SMS de toda España y, en la mayoría de los casos, sólo decían "¿estás bien?". No entendíamos nada hasta que llegó la primera llamada y nos alertó: "pon la tele, ha habido unos atentados en Madrid. No salgas del Chami". Y pusimos la tele. Nos abrazamos y lloramos. Las lágrimas no dejaban de brotar. Y fue llegando gente a la habitación. Y allí nos pasamos el día entero, viendo como unos desalmados habían decidido que, atacando al pueblo, harían tambalear el poder. 

Ese día, Madrid se tiñó de negro y de tristeza. Eran demasiadas historias, demasiada incertidumbre sobre qué estaba pasando, sobre si habría alguno de nuestros compañeros de clase entre las víctimas, sobre qué pasaría después. Esa mañana se quebraron 191 vidas de todas las edades, se hirió para siempre a 2500 personas, se cortaron sueños, ilusiones, futuro y se dejó entre recuerdos a demasiadas familias inocentes. Al día siguiente y bajo un cielo que tampoco cesaba de llorar, todos salimos a la calle, independientemente de quién creyéramos que era responsable de esa masacre. Eso nos daba igual, no nos importaba la ideología del terrorista que había puesto las bombas, ni los motivos. Sabíamos que no hacernos caso a los millones de personas que meses atrás también habíamos recorrido esas calles con un "No a la guerra" tenía mucho que ver en que los hospitales de campaña hubieran tenido que atender a demasiados civiles tan lejos del campo de batalla. Pero eso, en aquel momento, era secundario. Lo importante era que esas 191 personas a las que despedíamos prematuramente dejaban un hueco demasiado grande entre nosotros y que ninguno de los más de 11 millones de ciudadanos que tapábamos las calles del país podíamos cubrirlo.

   

La tristeza siguió notándose durante los días siguientes, las semanas y los meses. Los políticos y los medios de comunicación se peleaban, mientras los madrileños seguíamos grises y tristes, mientras subirte a un metro o a un tren creaba ansiedades y te hacía volver a recordar las caras de aquellos que se habían ido. No conocía a ninguno de esos rostros, pero sí compartí pupitre hasta el mes de junio con una compañera a la que mandaron (siendo becaria) a uno de esos trenes que estalló para cubrir con su cámara el atentado. Durante esos meses siguió teniendo pesadillas y ataques de pánico por lo que había visto. Ella y otros cientos de compañeros periodistas, médicos, enfermeros, psicólogos, policías, bomberos... todos también fueron víctimas de esa barbarie.

Hoy, España y el mundo entero vuelve a recordar el día en que las bombas cortaron demasiados caminos. Hoy, los medios han vuelto a llenar páginas y los políticos han sacado sus abrigos negros y sus frases preparadas. Pero ayer alguien no celebró su cumpleaños, dentro de unos meses otro de esos rostros no podrá compartir la alegría del nacimiento de su primer nieto, o un joven no habrá iniciado este curso la universidad. Hace nueve años que cada mañana amanece 11 de marzo en demasiados hogares, igual que hay demasiadas familias que tienen un día en su calendario marcado en el negro más oscuro. Hoy, que el terrorismo ha dejado de ser una de las preocupaciones de los españoles, no podemos olvidar que sigue vivo en el mundo y que aquellos que causan terror con sus actos deben darse cuenta de que no sirve de nada reivindicar con las armas.

A todos ellos va mi homenaje, a todos los que se fueron y a los que se han quedado para recordarles, a los que trabajan por erradicar esta lacra social, a aquellos que nos acercan a las víctimas de cualquiera de estos actos en cualquier rincón del mundo y a los que siguen dando voz a aquellos que se la arrebataron.