lunes, 26 de agosto de 2013

Los veranos de mi infancia


En días de lluvia como el de hoy, en mañanas que siguen a una noche casi sin dormir, con rayos iluminando la casa y truenos retumbando por toda la habitación, en días así me acuerdo de los veranos de mi niñez. Después de disfrutar viendo como el cielo se abre bajo una luz fuerte y azulada, el olor a tierra mojada al salir a la calle genera en mí la misma sensación que la magdalena a Proust en su Por el camino de Swann.


Eran los días de tormenta veraniega los que nos iban acercando a marchas forzadas al final de nuestras vacaciones, al término de tres meses en los que habíamos convivido casi todos los primos en un estado de medio comuna. En días de lluvia nos juntábamos sobre las columnas de casa de la abuela y tirábamos barquitos de papel al gran charco (a la balsa de agua) que se originaba delante de su entrada. Años más tarde, el Ajuntament solucionó el problema con el alcantarillado. Pero, por fortuna, ese arreglo en la calzada no consiguió borrar el recuerdo de las horas que pasé con la familia jugando a ver qué barco navegaba más tiempo antes de naufragar por empapamiento o hundido bajo la gran ola generada por el paso de algún coche.

Esos días presagiaban que la mudanza de vuelta a Palma se acercaba y, con ella, el retorno a la rutina, al colegio y a la tranquilidad. Cuando en junio cargábamos los dos coches para ir a Magaluf dejábamos de ser una familia de cuatro miembros para formar parte de dos macroclanes. Nuestra suerte, la de mi hermana y mía, era que en poco más de 500 metros de distancia teníamos a los Alemany y a los Morell. A todos. Abuelos, tíos y primos.

Los primos Alemany, aquellos que teníamos más cerca, no dormíamos bajo el mismo techo, pero sí en habitaciones iguales, cada uno en su apartamento Banática. En nuestras propias casas pasábamos horas contadas: comer, descansar un rato y cenar. El resto del día compartíamos juegos, baños en la playa, polos en el chiringuito, escondites, santos y cumpleaños en los jardines, clases de equitación con Juanito y "la Rubia", caza de mopis, pesca de tarde y noches de cangrejeo; y muchas, muchas horas en casa de "l'avi Paulina" montando torneos de ping-pong, ensayando el espectáculo de fin de verano y hasta aprendiendo a rezar el rosario con Estela. Primos Alemany, a los que se sumaban los Cháves, Ramis y algún Morell, que no hacíamos nada más que disfrutar de Magaluf. 

¡Qué gran falacia! No hacer nada es todo lo contrario a lo que eran nuestros veranos. Es cierto que los cuadernos de "Vacaciones Santillana" se terminaban a última hora, corriendo y cuando ya teníamos que ponernos una chaquetita por la noche. No teníamos un horario fijo para nada, pero sabíamos a qué hora podíamos hacerlo todo. Lo que aprendíamos esos meses era mucho más de lo que te pueden enseñar horas y horas de clase. Aprendimos que hay ciertos momentos en los que el juego está permitido y las risas y gritos de niños se aceptan. Hay otros en los que es obligado el descanso para no molestar a los demás, a qué hora tenías que pasar por casa de la abuela si querías aprovecharte de su despensa y merendar mejor que en casa. Sabíamos responsabilizarnos de los pequeños y obedecer a los primos mayores, ¡allí había jerarquía casi militar! Ir de apartamento en apartamento nos enseñó también a compartir los polos de cola-cao o de zumos que hacíamos por las noches y a que los juguetes en las casas de veraneo no tienen dueño (que se lo digan a mis muñecas, a las que Kepa hacía volar de un piso a otro).

Luis, yo, Lilas, Ignacio y Pep. 

En esos meses que comenzaban su cuenta atrás en días con tormenta como la que hoy ha sacudido la isla crecimos y unimos unos lazos de amistad entre los primos sólo comparable a las pandillas de pueblo que los peninsulares hacen en verano. Ahora, veinte años después, Magaluf no es igual que antaño. El falso lujo está intentando abrirse hueco entre un turismo barato y barriobajero. No queda chiringuito en el que tomar polos de menta y los peces cada vez pican menos. Los apartamentos están vacíos de primos y el chalé de la abuela tiene otros dueños. Aún así, cada vez que en verano la lluvia me hace oler la cercanía del otoño me acuerdo de esos barquitos lanzados a la carretera y de esos días interminables disfrutando de la felicidad que da ser un niño sin otra obligación que aprovechar al máximo sus vacaciones escolares. 

4 comentarios:

  1. ¡ Que bonito.....! Me ha chiflado y por un momento he vuelto también a mi niñez. Lindisimo tu escrito, te felicito.

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    1. Muchas gracias Mercedes. Me alegra que mis recuerdos puedan hacer volver a la niñez a otras personas. Un saludo.

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  2. Y por entre todo eso, la cáscara de nuez que era el bote de Pepe Alemany y su empecinada caza (o pesca) de pulpos. Y los atardeceres en aquella magnífica terraza frente a Sa Porrasa... Dices bien y Magalluf, en verano, alberga hoy gentes que seguramente no disfrutan con esas pequeñeces, pero leyéndote he vuelto a ellas y, después de escribir esto, las seguiré pensando. Gracias.

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  3. Joe MaríaMaría, que me dejas de psicópata homicida de muñecas!!!

    En fin... supogo que algo de verdad habrá.

    Buen relato Mary!! Sólo puedo añadir...

    Quién pudiera volver a esos veranos despreocupados de 3 meses de duración!!

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