miércoles, 31 de diciembre de 2014

Feliz 2014, feliz 2015

Ahora mismo estoy entre dos años, entre dos mundos. En Kenia hace una hora que han dado la bienvenida a 2015. Aquí todavía nos queda una de 2014. Es extraño porque esta diferencia horaria es exactamente donde estoy atrapada desde que llegué. Tengo el cuerpo aquí, en el año pasado, en mi vida pasada. Tengo la cabeza allí, en mis meses más felices, en el año que viene, en organizar cuándo podré volver y en buscar la manera de residir durante más tiempo en África.

Aquí, donde todavía es 2014, este año ha habido grandes momentos. Bodas de amigas y primas, bebés que llegan y otros que están en camino, couchsurfers a los que agradeces que la vida haya puesto en tu camino, proyectos que salen adelante. Viajes a Nueva York, Bratislava, Budapest, Roma, Valladolid, Madrid, Barcelona, Valencia, Castellón, Formentera y hasta una despedida en Marina d'Or. Pero, si 2014 tiene un color diferente es por Kenia, por Kabarnet.

Hace poco más de 20 días que llegué y no había sido capaz de escribir a qué huele y sabe, qué color tiene África y si mis miedos al ir estaban más que justificados. Todavía cuesta contar lo vivido porque toca dentro. Porque recordar a 8000 km de distancia duele. ¡Y mucho! Porque nunca pensé que fuera más fácil adaptarse a vivir con mucho menos que volver a tenerlo todo y más. Porque aquí me estresa el ruido y las luces, porque echo de menos oír a todas horas gritos de Marrrrrriaaaaaaaa y mzungu. Porque parte de mí se quedó allí y la otra parte ha venido con demasiados "síntomas extraños" y porque no me apetece readaptarme a mi trabajo, a mi casa.


Allí era María o Marria. Recibí nombre kalenji: Jepkemoi, que significa "nacida por la noche" y hasta me pusieron nombre masai cuando visité Mara, Naserian. Sólo fui Lluc una semana, mientras estuve con otros mzungu en Enkewa. No echaba de menos estar entre blancos. Pero fue una semana que agradeceré siempre a Rocío y a Jose. Fue la forma de enamorarme del todo de África, de ver que hay mucha más gente buena de la que pensamos y que lo no esperado a veces es el mejor regalo que nos podemos hacer.

Con estos pelos de loca saludé a mis primeros elefantes. 


La llegada de Masai Mara a Kabarnet fue un drama. Por mucho que Manolo intentara pintarme la piel con sus manos o que otros intentaran alargarme mis lunares para hacerme más parecida a ellos, volvía a ser consciente de que al cabo de una semana iba a estar de vuelta en Palma, entre blancos y comodidades. Que la experiencia Bamba tocaba a su fin.

Así como los niños iban dándome abrazos y besos, las lágrimas invadían mis ojos y causaban cascadas por mis mejillas. Ese fue el día en que me di cuenta de que esa gente era ya parte de mi familia y habían contribuido a los dos meses más felices e importantes de mi vida.



No sé cuándo volveré. Querría que fuera lo antes posible para no olvidar que Kenia huele a hoguera, a tierra mojada, a niño recubierto de vaselina. Querría que fuera para una larga temporada para volver a recordar que mi África sabe a ugali, a maíz, a chapati, a frutas exóticas, a legumbres y a verdura. Que la carne y el pescado son un auténtico lujo y que la mayoría del mundo no tiene postre en las comidas.

Pero, lo más importante, quiero volver porque ya sé cuáles son los colores de Kenia. Kenia se ilumina con grandes sonrisas de niños y mayores que no tienen casi nada material, pero comparten todo. Kenia son todo colores sobre una piel negra y tersa. Son collares y telas preciosas, amaneceres y anocheceres espectaculares, días claros, noches estrelladas. Son acacias, pájaros con tonalidades de plumas imposibles de dibujar, elefantes de piel rugosa, leones de ojos amarillos y una tierra rojiza que te atrapa. Son camisetas, manos y caras sucias que te abrazan sin que te importe en qué tono de marrón van a dejar tu ropa.

Y sí, mi miedo a pisar África era real. Sabía que iba a engancharme, pero no podía imaginar que fuera con un imán tan potente. Acabo mi año africano pensando en que ellos ya están en otro que debe suponer más y mejores experiencias para todos. Empezaré el mío consciente de que nacemos en un sitio, pero nuestro lugar puede estar a muchos kilómetros de distancia y con unas personas que no se parecen en nada a las que estamos acostumbrados. Tomaré las uvas dando gracias a mucha gente, pero también a la lotería de la vida que me dio la oportunidad de nacer mujer en una época y un lugar en el que puedo decidir y vivir mis sueños. Sueños por los que merece la pena luchar y cumplir.

By 2014, welcome 2015.

miércoles, 24 de diciembre de 2014

Nos vemos en otra vida Karanja

Ayer hizo dos semanas de mi vuelta a Palma. Han sido dos semanas entre médicos y cama. Dos semanas con fiebres, con el cuerpo dolorido y el alma en pena. Con cero ganas de adaptarme a la que debería ser mi vida. Dos semanas en las que pensar en los niños de Kabarnet duele demasiado y en la que la grandeza de Masai Mara me ha salvado de caer en un mar de lágrimas. Me ha salvado hasta hoy. Hoy he empezado el día triste. Hoy ha muerto Karanja.

Karanja era uno de esos animales que te hipnotizan desde el primer minuto. Un animal al que observas de arriba a abajo, que te hace fijarte en cada pliegue de su cuerpo, en los picabueyes que se alimentan de los parásitos que habitan en su rugosa piel y, cómo no, en la enorme cornamenta que le hacía el rinoceronte más fotografiado de Masai Mara. Karanja era un emblema del Parque, un ser al que deseabas tener la suerte de encontrar y al que ver era sinónimo de haber vivido un buen safari, una experiencia inolvidable.   

Después de casi cuarenta años amaneciendo bajo el sol africano, marcando territorio con su incalculable fuerza y luciendo sus dos gigantescos cuernos por la sabana, Karanja esta mañana no se ha vuelto a levantar. Sabíamos que este día iba a llegar pronto, pero una pérdida así nunca deja de sorprender y de crearte un gran vacío cuando recibes la noticia. 


Yo sólo le vi un día. Fue suficiente para que me cautivara con su paso lento y pesado, con los bufidos que hacía al respirar, con su mirada dura y cansada. El día que le conocí los veterinarios nos anunciaron que no iban a hacer nada más por él. Que estaba llegando al fin de su ciclo vital y merecía respeto para afrontar su última etapa sin que se le molestara. Ese día nos pasamos mucho tiempo mirándolo, conociéndonos y despidiéndonos al mismo tiempo. Desde entonces, hace casi un mes, le he seguido admirando en fotos, sin acabar de creerme la fortuna que tuve de estar tanto tiempo frente a él.   

Hoy Masai Mara está triste, como también lo estamos otros que tuvimos el enorme placer de ver al rinoceronte negro más longevo de la reserva. Desde hoy ver a los "big five" allí será un poco más complicado. Sin duda se añorará ver al más grande de uno de los cinco grandes, al más carismático, el que merece un lugar privilegiado en la memoria de todos los que le vimos y le admiramos.

A 8000 km de distancia me uno a la pena que tienen los que le buscaban a diario, los que le saludaban con una sonrisa en la mirada y los que se preocupaban por su salud. Ellos, daba igual las veces que le tuvieran delante, siempre lo contemplaban con respeto. Para ellos hoy no es buen día ni será una noche buena. Para mí, me queda el haberle conocido y agradecer esas horas entre sus arbustos a Dennis, Jose, Tipira y a todo el personal de Enkewa y del "Rhino Team". Hoy, si les pudiera mandar un abrazo hasta Kenia, sería tan grande como la distancia que nos separa.

 Y a ti, Karanja, sólo decirte que nos vemos en otra vida.

martes, 2 de diciembre de 2014

El paso de niño a hombre

Antes de irme a Masai Mara, cuatro de los chicos más mayores del orfanato emprendieron un viaje mucho más relevante que el mío: se fueron siendo niños y volveran convertidos en hombres.

Aquí, cada una de las 42 tribus kenianas tiene sus ritos y ceremonias para este momento y la mayoría (creo que sólo los luo se salvan), incluyen la circuncisión en el proceso.

Nuestros chicos son kalenji y su ceremonia (o lo que he podido saber de ella porque al ser mujer no me lo cuentan todo) consiste en pasarse un mes entero en el bosque desnudos y superando varias pruebas que les van poniendo. Estas pruebas les preparan para aguantar el dolor que les espera cuando les corten la piel que les ha protegido de niños para ser ya hombres de verdad. Aunque hay gente que empieza a circuncidar a sus hijos en hospitales, la mayoría de las ceremonias se realizan en el bosque o en casas y para tal utilizan cuchillos o cuchillas de afeitar. Nuestros niños tienen la suerte de pertenecer a un grupo de 15 futuros hombres que contarán con la supervisión de un médico que, en el "quirófano" forestal velará para que todo salga lo mejor posible.

Después de la operación los "hombres" de 14 o 15 años cubrirán su pene durante un día con gasas. Sólo un día. Al quitarse la protección serán ya adultos capaces de guerrear y de responsabilizarse de sus familias.

No sé cómo les cicatriza la herida, ni tampoco he podido averiguar las estadísticas de infecciones. Sí dicen que estas prácticas ayudan a combatir el contagio de VIH y que los luo, únicos no circuncidados, tienen mayores tasas de sida entre sus habitantes. No sé si en ello tendrá que ver su "pellejo" o lo promiscuos y polígamos que son. Son datos difíciles de conocer en Kenia.

Preguntando a mujeres sobre estas prácticas, dicen que está bien porque así "los hombres demuestran la fuerza que tienen que tener" y lo hacen sin llorar, "porque los hombres no lloran". Desde mi pensamiento mzungu, me quedo con un hombre que sienta dolor y sea capaz de empatizar con el mío, con uno que llore si algo le emociona y que me haga llorar a mí de felicidad. Desde mi visión ya medio africana, y pese a que me parezca una crueldad circuncidar a un niño sin anestesia, son sus costumbres y está bien que conserven el mayor número de ceremonias posibles durante el tiempo que Occidente y el desarrollo tecnológico se lo permita.

lunes, 1 de diciembre de 2014

Valiente Valentine

Valentine tiene 10 años y la cara más bonita que he visto nunca. Siempre sonríe. Da igual que sea bailando,  cantando en perfecto castellano "cumpleaños feliz" o interpretando con unas dotes dramáticas magistrales cómo recibieron todos el sábado 4 latigazos en las piernas por desobedecer una estupida orden. Yo, mientras, me trago los insultos hacia la mujer que intenta aleccionarles a base de golpes y conservo una mueca que quiere imitar su imborrable sonrisa.

Esa misma sonrisa le acompaña cuando le toca duchar o cambiar a Manolo.  Cuando por la noche le despierta la tos de alguno de los niños más pequeños y ella les da el agua con limón y miel que hemos preparado durante la tarde. También me ha sonreído hoy, cuando me ha contado que Dios le salvó la vida el día que su madre decidió lanzarla a una letrina.

No sé cómo se lo contaron a ella. Pero su forma de explicarme que al poco de nacer su madre la envolvió en papeles y la tiró por el agujero de las letrinas ha sido sobrecogedor. Según su narración y sus gestos, desde dentro de los excrementos, y sólo con la cabeza descubierta, lloró fuerte, muy fuerte, hasta que un hombre la oyó y pudieron rescatarla. Para ella, que no sabe nada más ni de su madre ni de su padre, ese hombre era un enviado de Dios que le salvó la vida.

Yo, más que en la ayuda de Dios, creo que se salvó ella sola para darme (darnos a los que hemos pasado por Kabarnet) una lección de fortaleza y de superación diaria. Sus sonrisas y gestos siempre dulces pese a la dureza de su vida son, probablemente, una de las grandes enseñanzas que me llevo de este lugar. Comparar mi vida con la suya es imposible y dolorosísimo. Siempre he sido consciente de la suerte que tengo con mi familia, no solo con mis padres y mi hermana, también con mis abuelas y todos los tíos y primos Alemany y Morell. Ahora los pienso y sé que cualquiera de ellos se lanzaría por mí a rescatarme de ese pozo negro al que tiraron a Valentine si fuera necesario. A ella la rescató un hombre desconocido y le estamos dando cariño,  besos y abrazos mzungus de la otra parte del mundo. Ella nos da todo y a mí se me hace imposible pensar en el resto de mi vida sin compartir risas y sonrisas con ella.

Valiente Valentine, no podían haber elegido mejor nombre para ti. Valiente Valentine, contágiame muchas sonrisas para acallar mis lágrimas cuando tenga que volver la semana que viene a mi otra casa.

sábado, 29 de noviembre de 2014

Los "cinco grandes" con Enkewa en Masai Mara

Se pone el sol y recogemos la mesa, las sillas y las copas con las que hemos merendado mirando a la sabana africana. Hoy vamos a pasar nuestra última noche en Masai Mara y para disfrutarla de forma diferente nos hemos trasladado al Enkewa Mara Camp. Mientras hacemos repaso de los grandes momentos vividos desde el Enkewa Bush Camp, los relámpagos iluminan el cielo africano sin asustar a Oneten, nuestro guía masai, que saca el foco de safari nocturno para regalarnos unas últimas estampas diferentes de la fauna local.
Durante estos días hemos visto todo lo que queríamos ver y mucho más.  Hemos disfrutado de centenares de elefantes. Maria ya se ha acostumbrado a oír respirar a los leones cuando los tiene a palmos de su cara, Rubén tiene una foto mental del leopardo que vimos ayer y Pepe es feliz con los cuatro rinocerontes avistados. Así que el camino hacia el campamento, con la lluvia que empieza a caer con fuerza, es más un rato de tertulia que un momento para seguir viendo animales.
De pronto todos nos detenemos. Oneten ha visto algo. Al principio Jose, el director de Enkewa, cree por su tamaño que es un serval (seríamos muy afortunados si lo fuera porque lo habríamos visto de día y de noche). En el coche se oye "es un gato" y no sólo eso, hay más de uno. No son servales, ni gatos. Son tres cachorros de leopardo y su madre que nos miran desde la maleza entre extrañados y curiosos. Son absolutamente preciosos. María y Rubén,  la pareja de novios que han elegido hacer un safari en Masai Mara como luna de miel, los estudian a través de los prismáticos. Todos tenemos la piel de gallina y un gran escalofrío recorre nuestro cuerpo: llevamos dos días seguidos viendo a los "cinco grandes" y hoy lo hemos hecho de forma única,  especial, inolvidable. Hemos tenido la ocasión de adentrarnos con ellos en el bosque, de apreciar las diferencias entre la madre y las crías. El foco se va posando sobre ellos, una cría se esconde y Oneten la encuentra al momento. Hasta a la progenitora le cuesta más ver dónde se ha escondido su prole que al guerrero masai. Son unos minutos mágicos para los que no tenemos palabras. Cuando se pierden dentro de los arbustos y ya no podemos seguirles más sólo somos capaces de soltar una gran exhalación. A medida que nos alejamos de los felinos y volvemos al campamento, ya bajo un gran aguacero, nos abrazamos y palmeamos sabiendo que hemos sido testigos los seis juntos de un gran regalo de la naturaleza. Hasta ese momento el safari había sido perfecto. Ahora ya somos todos parte de una familia, de la que ha podido ver a cuatro leopardos de noche. Gracias a Jose, a Oneten y a Enkewa llegamos al campamento con una sensación de éxito total, de felicidad y de complicidad. Tenemos pocas y malas fotos del momento, pero lo hemos vivido juntos y no creemos que se nos pueda olvidar jamás.
Los leopardos entran a formar parte de los mejores momentos de estos días de safari en los que, sin ninguna duda, seguimos sorprendiéndonos por haber visto a los "cinco grandes" durante dos días seguidos. Si ver en una misma jornada elefantes, leopardos, leones, rinocerontes y búfalos no es sencillo, conseguirlo durante dos seguidos es señal de que vas con los mejores guías,  con gente que conoce el parque más que su propia casa. Hacerlo, además, sin radio ni avisos de otros coches, es una auténtica maravilla para los que nos gusta la naturaleza y disfrutarla de la forma más exclusiva posible.
Volvemos a hacer repaso y recuento de los cinco mejores momentos, como si de los "big five" se tratara y nos es imposible. Hemos visto a la rinoceronte Sixteen con su cría de apenas dos meses, a Malaika y su camada de cinco guepardos, a cuatro leonas en posición para emprender una cacería. Hemos comido viendo el río Mara y dormido una siesta con los ruidos de los hipopótamos mezclados entre nuestros sueños. Desayunado bajo grandes acacias o con la reserva a nuestros pies. Y hoy, hemos compartido unos minutos con cuatro leopardos sin más luz que la de un foco. Al final, nos salen cinco días completos perfectos llenos de emociones imposibles de apreciar en las fotos ni de explicar en palabras.
Me habían dicho que cuatro noches en Masai Mara bastaban. He estado alguna más y tengo claro que ni pasando un mes entero en Enkewa me cansaría de su gente, de la ilusión con la que cada día salen de safari, ni de ver las escenas diarias que proporciona el cielo y la tierra africano. Sin ninguna duda, es una experiencia absolutamente recomendable y a la que ya estoy intentando poner fecha para repetir.
Asante sana Jose y Marta. Asante sana a Oneten y a Tipira, nuestros guías durante las jornadas de safari. Asante sana a todo el personal que nos ha atendido estos días.  Asante sana pueblo masai por conservar este lugar.

jueves, 27 de noviembre de 2014

Inolvidable Masai Mara

Hay lugares y gentes especiales que pasan por tu vida sin haberlo previsto. Masai Mara, Enkewa y Jose Serrano forman ya parte de mi mundo especial, del que te saca una sonrisa cada vez que los recuerdas.

En este viaje tenía que ver elefantes en libertad. Mi primera vez tenía que ser en Kenia para terminar de enamorarme del país. Los niños ya me habían conquistado, pero Rocío sabía que tenía que ser amor total. Mi relación con Kenia y con Bamba Project no puede ser una historia pasajera.  Su larga experiencia le hizo insistir e insistir para que viera algo más que Kabarnet, para que saliera por unos días,  desconectara y conociera a los otros grandes habitantes de estas tierras. Yo, durante la última semana, también fui consciente de esa necesidad de relajarme unos días fuera del precioso estrés de Kabarnet, de recolocarme mental y físicamente antes de la vuelta a Palma y acepté su consejo: hablé con Jose Serrano y reservé unos cuantos días en Enkewa.

Jose es un mallorquín que hace ocho años se aventuró en una empresa envidiable dedicada a hacer safaris en Masai Mara. Es un apasionado de su trabajo y otro enamorado de Kenia, sus animales y sus gentes. Es un guía excelente, una persona que te transmite buenas vibraciones, con grandes conocimientos del terreno y con unas dotes humanas que le hacen la persona ideal para quién quiera conocer esta zona desde la mejor mano posible.

Masai Mara es la reserva más importante de Kenia. Su extensión es, aproximadamente, como Menorca y hace frontera con el Serengueti tanzano. Su gran atractivo es el río Mara, donde cada año dos millones de animales, principalmente ñus y cebras, cruzan en busca de pastos frescos. Además de la época de migraciones, el parque conserva una fauna espectacular gracias a los masai quienes, durante siglos, han convivido con leones, guepardos, leopardos, elefantes,  rinocerontes,  búfalos,  hipopótamos y un sinfín de antílopes y aves. Todo ello, en un "campos de Castilla" donde la hierba y el cielo son dueños de toda la paleta de colores.

Y aquí estoy, en el campamento Enkewa dentro de la reserva de Masai Mara, un oasis literal situado en un meandro del río, rodeada de palmeras y de la sabana africana, vigilada por masais y escuchando toda la noche a los animales que salen a cazar. Pero también estoy en otro oasis de mi propia vida. En un respiro, en un sueño cumplido rodeada de buenos mzungus y unos masai que convierten esta última etapa de mi primera experiencia africana en algo absolutamente inolvidable. Unas personas a las que siempre agradeceré haber sido mis compañeros de viaje la primera vez que he visto elefantes. No serán los últimos paquidermos que vea en libertad, tampoco será la última vez que visite Masai Mara de la mano de Enkewa y de Jose Serrano.

jueves, 20 de noviembre de 2014

Médicos que devuelven sonrisas perdidas

Pocas cosas duelen tanto como ver a un niño (o a dos como ha sucedido hoy) tragándose las lágrimas,  llorando hacia adentro por sentirse enfermos y que nadie "responsable de ellos" atienda su necesidad de ir al médico.

Les veo y se me saltan mis lágrimas y las suyas. Me he pasado más de dos semana pidiendo que llevaran a Vicky al hospital. Le han acusado de fingir por querer estar más conmigo y ha recibido algún cachete por ello. Y yo, más he llorado al saberlo.

Él, el niño de 4 años que me ha adoptado y que cada mañana corre hacia mí con una gran sonrisa, está triste. Intenta sonreír, pero sus ojos dicen lo contrario. Lleva dos semanas aguantando ratos buenos y otros en los que no puede cargar con sus 12,9 kg. Se queda dormido sobre el suelo, una mesa o, si tiene suerte, en mis brazos. El lunes le llevaron al hospital. Tiene malaria. Hoy, cuando ha venido a verme, he notado que tenía otros síntomas. Cada vez que tose, una gran lima le raspa por dentro. Duele sólo de oírle. Él, termina de toser, se muerde los labios y sigue tragándose las lágrimas. Yo le miro y le admiro. Además de la tos, la fiebre se ha apoderado de él y, cuando se ha quedado dormido en mi regazo, he decidido que hoy le llevaba yo al médico.

Por el camino, otra sonrisa triste nos ha interceptado y se ha subido a mis brazos. Victoria, de también cuatro años, lleva semanas aguantando una otitis tan terrible que le hemos visto (y olido) el pus de su oreja izquierda durante muchos días seguidos. Ayer fue al otorrino. En el hospital público sólo visita los miércoles,  así que ayer tuvo suerte y fue. Pero la suerte se limita a saber lo que tiene, a una receta de medicinas y a otra cita con el especialista para dentro de un mes. Esta mañana seguía igual, nadie había comprado las medicinas y su dolor de oídos le machacaba toda la cabeza.

Después de negociar con la cuidadora, me he llevado a los dos niños a "mi médico". Ellos normalmente van al hospital comarcal,  un sitio inhóspito,  frío y desagradable en el que he estado tres veces. El médico ni te mira y, pese a que la consulta es gratis, las pruebas y los tratamientos son de pago, y de un pago muy caro para lo que es el salario de un keniata. Por poner un ejemplo, llevar a un niño a que le pusieran tres puntos en la cabeza costó unos 1200 kes entre la anestesia, la vacuna antitetánica y coser.  Si tienes malaria, la prueba son unos 200 kes a los que hay que sumar las pastillas. Aquí, si ganas 5000 kes al mes, eres afortunado siempre que ninguno de tus hijos se ponga enfermo...

Yo he encontrado un médico privado al que he tenido que acudir por problemas en la piel dos veces. La consulta está limpia, es un sitio tranquilo y el médico es amable con todos. Allí sigo siendo una mzungu que llama la atención por las venas azules cuando me tienen que poner una inyección o porque mi piel se pone roja cuando algo no le sienta bien. El médico me enseña a todo el personal de la consulta. Como ya me ha curado dos veces le dejo hacer y me expongo a sus miradas. No me importa porque a la vez, me cobra como a un local y siempre me deja hacerle preguntas sobre los síntomas de los niños.

Hoy, le he llevado a dos de esos niños que me preocupan, a Vicky y Victoria. Les ha pesado, tomado la temperatura, auscultado y preguntado. Vicky suma a su malaria una infección pulmonar. Tres días de dos jarabes para la tos y una semana de antibióticos.  Victoria ya tiene medicina para la otitis y un jarabe para su tos. Han salido contentos porque les han tratado como a niños, con cariño y comprensión y porque han empezado con sus tratamientos sabiendo que pronto podrán volver a sonreír de verdad.

La consulta son 300 kes por paciente. Las medicinas, bastante más. Para mí, que el sábado me voy "de vacaciones" a recoger mi regalo de Reyes, saber que están medicados y que volverán a ver al médico la semana que viene es una tranquilidad que no se paga con dinero.

A ver que me encuentro a mi vuelta...

domingo, 16 de noviembre de 2014

Seis semanas en multicolor

Hoy cumplo 6 semanas en Kabarnet. He superado ya las dos terceras partes de la aventura keniata y, hasta ahora, la experiencia no puede ser más positiva. Pero, a la vez, los síntomas de agotamiento físico y mental cada vez son mayores.

Esta semana hemos empezado con la obra del Rescue Center.  ¡Madre mía,  con la poca paciencia que tengo yo cuando hay albañiles por medio y me vengo a controlar a siete que van a construir el proyecto más grande al que se enfrenta Bamba!. Presupuestos, visitas a "mi amiga" la india que tiene una tienda de materiales de obra, mails y horas de whatsapp con Rocío y Erik, negociaciones con los albañiles, definición de fechas y fases, más idas al pueblo para comprar cemento, angustias porque se nos acaba la tierra para mezclar... y todo ello, sin conciliación con la "vida familiar". Los niños y las mujeres Neema siguen reclamando mi atención y yo, a la vez, les sigo pidiendo cosas para que pueda volver a España lo más cargada posible de cartas para padrinos y productos para que en Navidad nadie se quede sin su estuche de cemento, su pulsera o su bolsa. Productos que, casi directamente,  pasarán de mi maleta al mercado navideño de Portals (que nadie me falle, os quiero a todos viniendo a verme por allí)

Por si esto no fuera suficiente, Ruto (el coordinador local), me dice que desde que estoy aquí él se ha quitado el estrés porque "ya paso yo los partes a España". Desde nuestra isla, también me transmiten que hay más tranquilidad por saberme a mí aquí.  Y yo, sonrío pensando que a mí se me acumula mi estrés,  el de Ruto y el de Rocío y Eli. ¡Sonrío y veo como mi cuerpo empieza a generar ronchas de dermatitis nerviosa!

Es cansado no tener ni un día libre, pero la recompensa vale tanto la pena que pienso que ya descansaré algún fin de semana entero del año que viene. Saber que estos niños, a los que ya adoro, van a poder tener una vida un poco mejor es el mejor premio al agotamiento acumulado durante estos meses.

No negaré que empiezo a soñar con un tartar de bonito de mi tío Xisco, ni que hace semanas que necesito algún lácteo. Aquí mi alimentación se basa en pasta o ugali (una masa hecha con harina de maíz), espinacas y legumbres. Una vez por semana como pollo en la ciudad. No es gran cosa, pero al menos son algunas proteínas que me permiten mantenerme más activa a 2000 metros de altura. El tema altura influye en el cansancio físico, pero la llevo bastante bien.

Han sido muchos cambios en mi vida, pero estoy mucho más feliz de lo que he sido en toda mi vida. Desde que llegué a ahora, conozco mucho más mis límites y, aunque hoy me hubiera quedado en la cama descansando, me veo mucho más fuerte que nunca, más activa, capaz de manejar mil frentes y con muchas ganas de seguir haciendo cosas aquí, pero también en España.
Y creo que el agotamiento es tan tan pasajero, que ahora que empieza la cuenta atrás para volver a Palma, ya hago cálculos de cuándo podré reencontrarme con Kenia y con toda esta gente que me ha adoptado como una hija, una hermana y una madre. Así que, seguiré aprovechando cada momento de muzungo soplando hojas, abrazando y dando mil besos diarios. Nunca estar tan rodeada de negro había significado poner en mi vida tantas variedades de color.

miércoles, 12 de noviembre de 2014

Graduada en graduaciones escolares

El curso no ha ido bien. Casi la mitad de los niños del orfanato o de la comunidad en enero tendrán que empezar, otra vez, el mismo curso que hoy han terminado. Mirándolo con ojos blancos, lo ves hasta normal. He podido entrar en dos clases de segundo de primaria. En una hay 61 alumnos, en la otra 64 que reciben clases bajo un techo metálico y sofocante. Por la tarde, compaginar los deberes con tareas como lavar la ropa, ayudar en la cocina, ir a por agua o encargarse de los animales o los hermanos pequeños,  tampoco ayuda. Para rematar, una vez se va el sol, toca estudiar o hacer la tarea bajo una luz de gas o una linterna.

Es difícil estudiar así,  pero más difícil es captar la atención en clase a unos niños que aprenden antes a desconectar que a escuchar. Son niños acostumbrados a unos discursos largos y monótonos, a misas de cuatro horas, a no preguntarse nunca "¿por qué?". Uffff, con lo pesada y, a la vez, útil que es la etapa "por qué" en la otra parte del mundo.  Aquí las cosas son así.  No hay más. Las clases en la escuela públicas que más gustan son masificadas, en las otras, los números son más "occidentalmente normales". No hay límite porque la población infantil es elevadísima. Además, aunque sea pública y gratuita, se pide a los padres que colaboren para arreglar loa baños, comprar cristales para las ventanas... En fin, cuanto más niños, más se puede "mejorar" el colegio. Eso sí,  pongo el mejorar entrecomillado porque viendo el estado de las ventanas, no sé cuándo fue la última vez que cambiaron loa cristales rotos.

En las últimas dos semanas he ido a tres finales de curso: el de Lucy y Dismus, en una escuela para niños sordos en Eldoret; la graduación de infantil en Sunrise Academy y la de VISA, escuela a la que van la mayoría de mis niños conocidos. Me ha faltado Kaptimbor, la segunda con más alumnos Bamba y en la que, según dicen, la educación no es muy buena. Puede no ser buena, pero las clases tienen un 50% menos de alumnos y yo, con mi mentalidad muzungu, al final me pregunto si es mejor una enseñanza más buena para la mitad de la clase (la otra, ni oye ni se le escucha), o una peor en la que todos los niños puedan tener las mismas posibilidades de aprender.

Edito unos puntos más que, al publicar la entrada se me habían olvidado.

Aquí la nota final va, dependiendo del curso, sobre un máximo de 700, 600 o 500 puntos. Cada asignatura tiene un examen final por cuatrimestre y, al final, se suman todas las notas. Esta nota final pondrá al alumno en un orden en clase y en la graduación se les nombra siguiendo el orden para entregarles sua regalos de final de curso: cubiertos, platos o tazas, dependiendo del curso.

Siguiendo esa misma nota, también se hará el corte para pasar de curso o repetir. Entre los niños, muchos repiten por estar dos o tres puntos por debajo de ese listón que separa a los promocionados de los repetidores. 

Creo, por lo que he entendido, que su repesca está en enero. No sé bien qué exámenes tienen que repetir,  ni si conseguirán pasar de curso algunos de los que ayer lloraban. Espero que alguno se salve y pueda seguir con los de su edad.

lunes, 10 de noviembre de 2014

Lake Nakuru, mi primer (auto)safari en Kenia

Cada vez que voy a un zoo (sí, lo reconozco, soy amante de zoos y acuarios aunque sufra viendo a los animales encerrados) me imagino cómo debe de ser la vida de esos seres en libertad y sueño con que algún día podré verlo. No sé por qué, pero me llaman poderosamente la atención las especies grandes: elefantes y ballenas. He intentado ver ballenas en México, Colombia y Hawaii. Las épocas del año no eran las propicias, así que para los grandes mamíferos marinos tendré que seguir esperando. En cuanto a los elefantes, también lo estoy intentando...

De momento, para celebrar mi primer mes en Kenia, decidí visitar uno de los Parques Nacionales del país que, por infraestructura y cercanía a Kabarnet me iba mejor: Lake Nakuru.

Lake Nakuru es una extensión de casi 200 km2 situada al borde de la ciudad de Nakuru. Hace años fue una granja, pero la gran riqueza del ecosistema hizo que en 1961 declararan el lago parque nacional. La principal atracción de este espacio eran los flamencos que, por millones, poblaban las orillas del lago. Desde el año pasado,  las aves han tenido que emigrar a Tanzania y a otros lagos cercanos debido a una alarmante crecida del nivel del agua. Una fluctuación que se estima sucede cada 60 años y que,  al dulcificar el agua, hace que los flamencos no encuentren su tipo de alimento preferido. Aún así, queda una pequeña colonia de flamencos que comparten territorio con pelícanos, varias especies de ánades, muchas zancudas, garzas, águilas y hasta 450 tipos diferentes de aves. Para mí,  y para muchos de los turistas que visitan el parque cada año, ésta es la gran riqueza del Lago y el verdadero valor de visitarlo.

En cuanto a los animales terrestres, la visita al parque es más un "autosafari" que un safari africano. Disfruté muchísimo viendo rinocerontes blancos y negros, y aprendiendo a diferenciarlos gracias a las explicaciones del guía que había contratado para recorrer los caminos de la sabana en coche. Me encantó ver jirafas, muchas cebras, búfalos,  monos, tortugas y, al final del día,  dos leones descansando bajo la sombra de un árbol. Pero, todos estos animales han sido traídos de otros parques del país o, como en el caso de los rinos, de Sudáfrica. Es cierto que se han adaptado y hecho con el territorio, pero no es su espacio original. Así que, pese a haber tenido un fin de semana de relax y de cambiar niños por animales, seguiré esperando para ver elefantes y para ver a los grandes mamíferos africanos en su hábitat natural.

domingo, 2 de noviembre de 2014

Primer sábado de mes, Community Bamba Day

El sábado fue primero de mes y aquí eso significa que el terreno Bamba se llena de mujeres y de niños qur vienen a celebrar el Community Day.
Bamba, además de colaborar con el orfanato y con las mujeres Neema, tiene un programa de apadrinamiento de niños de la comunidad. En la actualidad, más de 70 menores pertenecientes a 28 familias tienen los gastos escolares cubiertos y, cada mes, sus familias reciben una bolsa con productos básicos. Esta bolsa (o saco, más bien) es igual para las familias con un niño apadrinado o con seis ya que es un extra a la finalidad inicial del programa. El valor aproximado de la bolsa es de unos 10 euros e incluye más de 5 kg de maíz, unos 2 de alubias, una bolsa de arroz, manteca para cocinar, un paquete de sal y jabón para fregar y limpiar la ropa. Además, las familias que tienen niñas adolescentes, reciben compresas.
Aquí el día es festivo. Al ser sábado, muchas de las mujeres vienen directas de la iglesia vestidas con sus mejores ropas. Otras mujeres han cocinado durante la mañana arroz y alubias para todos que se sirven en platos gigantescos y en los que no queda ni una miga. Da igual la edad del comensal, ¡se acaba todo!
Por la tarde, las mujeres aprovechan para reunirse y tratar los diferentes problemas o las peticiones que puedan haber surgido durante el último mes. También se les explica cómo se ha distribuido la aportación de los padrinos y los requerimientos hacia ellos (notas, cartas o dibujos para los padrinos...). Mientras, los niños corren y juegan.
Entre los juegos del sábado, montamos los primeros equipos Community Bamba. Organizamos dos partidos de fútbol para que tanto los más mayores como los pequeños pudieran disfrutar de la tarde. Gracias a las equipaciones cedidas por la Fundació Reial Mallorca, hacer equipos por edades resultó fácil y muy muy divertido. Y eso que el campo es empinado, con grandes hoyos y piedras que hacen de los partidos una especie de juego de obstáculos. Les gustó tanto que ya tenemos montado el cuerpo técnico y un equipo que quiere entrenar varias veces por semana. ¡A ver si así conseguimos ganar a otros niños de Kabarnet!
Sin duda, la jornada es otro golpe de la realidad keniata. Mujeres que andan más de hora y media para cargar con una bolsa de comida de la que no sienten el peso físico, sino el alivio que supone a su economía domestica.

jueves, 30 de octubre de 2014

Desayunos nocturnos

Esta semana los niños han tenido exámenes. Dependiendo del colegio acabaron el jueves o el viernes sus finales. Ahora les esperan dos semanas de clases más y pondrán punto final al curso. En Kenya, los cursos escolares (o las clases, como les llaman ellos) van de enero a noviembre, con dos períodos vacacionales entre medias, en abril y agosto.

Durante las cuatro semanas que llevo aquí he visto a varios chicos de clase 6 y 7 (hasta 8 es Primaria) estudiando en el Aula Bamba. Son niños que viven por la zona, cuyas casas son más pequeñas que nuestra sala multidisciplinar y, generalmente, no tienen luz eléctrica. En el Aula están tranquilos, disponen de una mesa grande, material escolar y libros para poder hacer los deberes. Además,  como el horno de las mujeres que hacen "quequis" está allí dentro, calienta un poco el ambiente.

Estos niños han quemado etapas de su infancia muy rápido. Varios son huérfanos y están a cargo de su abuela, otros no tienen padre o la madre les abandonó hace ya tiempo y, todos sin excepción, viven sin ningún capricho ni cosas que a nosotros nos parecen básicas como puedan ser un vaso de leche diario o huevos.

Por estas razones, decidí que también podía dedicarles algo a ellos, no sólo a los pequeños.  Los mayores no reclaman tu atención,  no vienen corriendo a darte besos ni a pedirte que les compres cualquier golosina. Ellos son los que tienen que ayudar a las abuelas y encargarse de sus hermanos pequeños. Se les pide que limpien, cocinen, controlen a sus hermanos y aprueben para que los padrinos muzungu estén muy orgullosos de ellos. Tienen entre 12 y 16 años y han sido "mis mimados" durante una semana.

Pensé en qué era lo que podía serles de utilidad y me acordé de los "desayunos nocturnos" del CMU Chaminade. Allí, los que estudiábamos por la noche,  podíamos desayunar a las 3 de la madrugada para no perder una de las comidas diarias. Aquí no hay embutido para hacer sándwiches, pero durante esta semana he procurado que comieran proteína animal cada día. Unas noches cenaron huevo hervido y fruta,  otros pan con mantequilla, cada día leche con cacao. Y es que aquí, comprar un refresco cuesta 25 ksh pero si quieres leche, es el doble. Por suerte,  cada mujer Neema tiene al menos una cabra a la que ordeñan y, después de mezclar con agua, reparten su leche entre todos los miembros de la familia.

Así que esta semana el Aula se ha llenado. En vez de dos o tres estudiantes hemos tenido 12. Me da igual si han venido a estudiar o a comer. Para ellos, tan importante es una cosa como la otra.  Para mí,  nacida en el mundo fácil,  imaginarme unos exámenes sin visitas a la nevera, sin buena luz o una mesa amplia y cómoda,  se me hace muy duro. No ha habido caprichos ni chuches y tendremos que esperar unos días antes de saber si estas "cena-desayuno" han ayudado a que obtuvieran mejores calificaciones.  Pero sus caras al ver las bandejas y la jarra de leche han sido más gratificantes que cualquier matrícula de honor.

martes, 28 de octubre de 2014

¡Asante sana por estresarme tanto!

Manejar el dinero, las ilusiones y la confianza de otros genera estrés, mucho estrés.  Ir de un lado a otro, comparar costes,  ver que en Kenya hay precios estipulados y fijos para los materiales de obra, intentar minimizar al máximo los errores,  aprovechar todos los recursos posibles para que tú, él, ella, la amiga de mi madre o el conocido que ha decidido donar algo de su dinero a este proyecto sienta, aún sin vivirlo en primera persona que ha realizado una inversión a presente y futuro para una comunidad que lo necesita y agradece hasta el infinito.

Gracias a esta experiencia con Bamba Project me he dado cuenta de que aquí nos conocen, saben que hay mucha gente en España, en Inglaterra, en Estados Unidos... que se acuerda de Kabarnet y de las necesidades de estos niños,  de los huérfanos y de los que, teniendo padres, viven una infancia con muchas necesidades no cubiertas.

Antes de venir aquí, atender a la llamada de donaciones de ladrillos de Bamba, de maletas escolares de la Fundación Amazonia, de fiestas de Ayuda al Chad o Voluntaris de Mallorca o, incluso, un Vermaki para colaborar con un compañero periodista, me parecía fácil y satisfactorio. Un pequeño gesto que me privaba de algún capricho para mí pero que me llenaba más que cualquier objeto material. Ese gesto de mandar algo de dinero para mejorar la vida de otras personas es satisfactorio y, si conoces a las personas que se encargarán de manejarlo para que se aproveche al máximo,  todavía más.

Ahora veo que estar al otro lado no es tan fácil como hacer una transferencia. El o la que debe definir proyectos, estipular prioridades, organizar campañas de captación de fondos, gestionar las donaciones para que el dinero llegue a aquello para lo que realmente ha sido donado es complicadísimo y genera un gran estrés. Esta posición,  que al realizar la donación nos podría parecer la más cómoda no lo es. Es cierto que cada donación se festeja como si hubiera tocado la lotería pero, a la vez, supone una responsabilidad con la persona que te ha confiado su ilusión y su esperanza en el proyecto. No puedes fallar a los niños del proyecto, como tampoco al que les manda algo de su dinero, sean 2, 20, 200 o 2000 euros.  Todo es confianza depositada en lo que haces y todo merece el máximo respeto.

Estando aquí me acuesto pensando en qué más puedo hacer y me despierto consciente de haber soñado con ladrillos, apadrinamientos, posibles acciones para dar a conocer Bamba Project al mayor número de personas posible y agradeciendo a todos los que antes de venirme o durante mi estancia aquí habéis decidido ser también parte de esta comunidad. Prometo que he intentado aprovechar al máximo cada euro que habéis dejado en mis manos. Las literas están encargadas al carpintero del pueblo, comprados los colchones, sábanas y mantas. Hemos empezado también a picar la piedra necesaria para poner la base al nuevo edificio y hemos ido comprando algunos sacos de cemento (¡a 8 euros el saco!).

Esta semana empezamos a poner las primeras piedras del nuevo centro y estoy tan nerviosa por lo que me van diciendo aquí,  por los números que tenemos que hacer, por los informes que mando a Rocío (la verdadera heroína de Bamba) y a Erik, nuestro generoso arquitecto, por las horas de tomas de decisiones con Rutto y Oyer, por el control de las carretillas de piedras, por tantas y tantas cosas que, cuando la obra era en mi casa y con mi dinero, ni me preocupaban. Por todo ello, admiro de forma incalculable a Rocío y a Eli, por cómo han manejado todo esto durante casi 5 años y porque estando aquí,  sé cierto que cada céntimo que mandé,  llegó y se utilizó de la mejor forma posible.

Asante sana Bamba. Asante sana a todos los que habéis confiado en el proyecto. Asante sana a los niños y mayores de Kabarnet por dejarnos ser parte de su vida.

¡Asante sana por este maravilloso estrés!

martes, 21 de octubre de 2014

Juegos y entretenimientos en Kabarnet

En el orfanato Sunrise y en la zona Bamba no hay videoconsolas, ni juguetes a pilas. Ni siquiera hay cajas con coches, muñecas,  animales o cualquier otro entretenimiento que en España nos parecería normal. Aquí, estos más de 40 niños comparten menos juguetes de los que tiene uno de nuestros hijos, sobrinos o primos de tres o cuatro años. Algunos viajeros trajeron en su equipaje algún peluche, piezas de construcción, automóviles... Entretenimientos que los más pequeños sacan de vez en cuando y que son considerados auténticos tesoros. Los mayores, mucho más acostumbrados a tener que compartir todo, tiran de los juegos de toda la vida para pasar las tardes.

En estas semanas he aprendido a jugar a las chapas haciendo "gusanos" de colores, a saltar un "elástico" hecho con un trozo de lana, a tirar piedras en una mezcla de bolos y petanca al que juegan principalmente los varones o a contar carreras de correr sobre sus manos. También he recordado las figuras de cuerda que hacíamos con los dedos, a hacer rodar una rueda montaña abajo, a usar una tapa de plástico como volante en un tren imaginario y a tirarme por un tobogán que no pasaría ningún control de seguridad infantil.

Lo más difícil ha sido controlar mis instintos para no decir todo el día "no, con eso no se juega" al ver a niños de cinco o seis años coger un gran cuchillo para cortar un trozo de caña de azúcar o atajar un solar colándose entre hilos de espino... Y me callo porque, al fin y al cabo, esta es su vida. Yo soy la extraña,  la rara. Estos son sus entretenimientos, sus momentos de diversión. Los niños con los que trato a diario son ante todo niños. Niños que tienen la gran fortuna de usar su imaginación,  de no aburrirse nunca, de poder ir de un lado para otro sin vigilancia y de hacerlo con libertad,  aunque se abran las rodillas o de vez en cuando lloren porque se han hecho un chichón. Les veo y pienso en esos niños nuestros que para coger la bici llevan casco, coderas, rodilleras, tobilleras... y creo que me quedo con las piedras, las chapas y los hilos... porque esta fue un poco mi infancia. Con elásticos, figuritas, lápices de colores y ayuda los Playmobil fui muy feliz, igual que lo fui durante los veranos yendo libre del apartamento a casa de las abuelas o de los vecinos con la única supervisión de algún primo un poco mayor.

Y aquí, en Kabarnet también me siento un poco niña feliz y salvaje, todavía no me he atrevido a ir descalza,  pero sí me uno a los juegos o a pasar por debajo de la alambrada. Todavía me queda un mes y medio, a lo mejor hasta cojo el machete y me pongo a cortar caña de azúcar.  Quién sabe...

lunes, 20 de octubre de 2014

Ferias y fiestas en Kabarnet

Llevamos desde el jueves de fiestas en Kabarnet. Durante tres días se celebró aquí la feria anual, la Kabarnet Show Ground, que recoge en un recinto inmenso casetas de todos los ministerios keniatas, atracciones para los niños, concursos de ganado, partidos de fútbol y muestras de música y cultura tradicional. Para el pueblo, y para toda la región,  son tres días importantísimos en los que ven demostraciones del gran potencial del país, sirven para aprender nuevas técnicas de cultivo, conocer la "última tecnología" para el hogar y, sobre todo, pasar un día entero (o dos o tres) de fiesta.

La entrada al recinto cuesta por día 100 kshs (1 euro) para los niños y 150 kshs para los adultos. Dentro, cada atracción, cada compra y cada comida también se paga. Por este motivo, los niños del orfanato no pudieron ir. La dueña podría haber hecho algo para conseguir entradas gratuitas, pero no lo hizo. Así que yo me llevé a los hijos de Christie y Rutto, a varios niños de la comunidad y a una de las niñas más mayores del Sunrise. Conseguir comprar la entrada fue una odisea. ¡Ni que se fueran a agotar! Entrar fue más sencillo. Ser muzungu (blanca) ayuda a que me cuelen hasta los militares... Dentro, entendí a mi madre cuando llevarnos a la feria suponía su tortura anual. Riadas de gente,  atracciones preciosas a la par que precarias y hasta vacas desbocadas arrollando a los visitantes.  Aún así, la visita me encantó.

Después de ver como los niños se subían a un tiovivo noria que se ponía en marcha cuando el operario daba un chispazo a dos cables, comer helados y chapati, encontrarme con el primer hombre muzungu en dos semanas y llevar a no sé cuántos niños enganchados durante toda la jornada, nos sentamos en el estadio para ver un partido de fútbol. A mi lado se puso el portero del equipo invitado que, unos minutos antes me había dicho que él prefería ver el partido desde el autobús para que la gente no se le acercara. Mi respuesta fue que no se preocupara, que estando con la muzungu nadie le iba a mirar. Y así fue. Aquí, si miran a alguien es a la blanca, a la diferente entre todos los otros miles de personas que abarrotaban el campo.

Después del "Show" del fin de semana, ayer Kenya celebró su "Homenaje a los héroes", a aquellas personas que durante los cuatro primeros años de la década de los cincuenta lucharon contra el Imperio Británico para conseguir la independencia. La tele me puso al día de esta guerra que se libró en las montañas y selvas del país y me llevé a tres niños al recinto del Museo Nacional de Kabarnet esperando aprender mucho más de este hecho histórico.  En vez de eso nos encontramos a representantes de muchas de las tribus del país, coros de niños y de mujeres mostrando sus repertorios musicales y a muchos, muchísimos políticos dando discursos interminables sobre diferentes temas y, casi todo, en swahili. Así que al Museo tendré que volver y, en cuanto a los héroes que lucharon contra uno de los mayores ejércitos del mundo, mi absoluta admiración y respeto por haber conseguido independizarse de la metrópoli.

miércoles, 15 de octubre de 2014

Visitando casas Neema: Winnie y Josephine

Winnie vive en una pequeña cabaña con sus hijos Vincent y Félix. En poco más de 6 metros cuadrados tienen una cama, una mesa y una silla. Por suerte, el fuego para cocinar se hace fuera y hay un baño comunitario a unos metros de la puerta. Por esta "habitación" paga 700 ksch, unos 7 euros al mes y se le ve absolutamente feliz y orgullosa de haberla podido alquilar.

Winnie dejó a su marido hace unos años. Él la maltrataba y se iba con otras. Durante un tiempo vivió con su madre pero, desde hace unos meses, puede alquilar esta habitación y tener algo de independencia. Sus hijos están apadrinados por dos españoles que confían en Bamba Project. Gracias a este apoyo tienen la escuela pagada y reciben una bolsa con comida cada primer sábado de mes. Como ellos son sólo tres, el maíz lo alargan hasta la siguiente recogida. Para pagar el alquiler y otros gastos que puedan tener, Winnie trabaja esporádicamente en una casa cerca de la suya y, siempre que puede,  saca tiempo para confeccionar pulseras y hacer panecillos con las Mujeres Neema. Gracias a todo ello espera poder ampliar su habitación y alquilar una casa un poco más grande en la que, al menos, pueda tener separada la zona de dormir y la de comer.

Desde que entró en el programa de Mujeres Neema su vida ha cambiado bastante. Su marido "la busca" diciéndole que cada día la ve más guapa y segura de si misma y ella se sabe realizada y sin necesidad de un hombre que, total, "va a volver a irse con otras porque los negros no sabemos amar como los blancos". Aquí, el deseo prima sobre el sentimiento y ella sabe que tener su propia vida le va ayudar a no depender de caprichos momentáneos, sino que tendrá la capacidad de decisión que hemos conseguido las "muzungu".

A Josephine, o MamaChumba, su marido le regaló al poco de casarse el bebé que acababa de tener con otra mujer. Ella no pudo discutirle nada, se lo quedó y lo cuidó como si fuera de su sangre. Después, fue pariendo uno tras otro hasta a tres vástagos más. El marido, en ese tiempo, no paró de andar con otras mujeres y acabó yéndose de este mundo por culpa del sida. Eso sí, antes de marcharse  dejó infectada a su mujer, convirtiéndola en parte de ese 20% de la sociedad keniata con VIH.

Por suerte para MamaChumba, su marido tenía una bonita casa tradicional con algo de tierra que le permite no pasar hambre y poder dar un techo a sus cuatro hijos, dos de ellos apadrinados por Bamba Project. En cuanto a la enfermedad, cuando entró a formar parte de las Mujeres Neema, su estado era muy malo. Ahora, gracias a tener una obligación diaria, a ganar algo de dinero con su trabajo por primera vez en su vida y al tratamiento que recibe gratuitamente del gobierno, se encuentra más fuerte y mejor.

El mayor orgullo de Josephine es su hija Chumba, que estudia secundaria en un internado. Confía que con educación las mujeres no acepten lo que le tocó sufrir a ella, sean más independientes y ayuden a crecer al país por el buen camino.

Estas son las dos historias que conocí ayer. Las de dos mujeres valientes y fuertes con las que compartí un rato en sus casas, tomando algo mientras charlábamos. Los miércoles serán día de visita a las Mujeres Neema y, viendo lo que he aprendido con las dos primeras, creo que va a ser mi día favorito de la semana. Sin ninguna duda, la realidad de sus vidas es totalmente diferente a la mía (a las nuestras) y tenerlas presentes es necesario para comprender que para que una sociedad avance es fundamental que se haga desde los dos sexos y, aquí, siempre se había obviado a uno de ellos. Por esto es tan importante el trabajo que hace el grupo de Mujeres Neema y tan útil las compras que hacemos de sus productos. Ahora me doy cuenta realmente de que un gesto tan pequeño, tiene una repercusión enorme a su economía y a la vida de todas sus familias.

Gracias a Winnie y a Josephine por dejarme invadir su espacio, por responder a mis preguntas y, sobre todo,  por ser tan tan tan fuertes.

martes, 14 de octubre de 2014

Martes, día para las Mujeres Neema

En mi planning semanal figura que los martes los dedico a estar dentro del Aula Bamba con los grupos de trabajo de las mujeres Neema y hoy no he faltado a mi cita.

El Aula Bamba es un espacio multidisciplinar, no mucho más grande que una clase de colegio en la que hay una mesa central y bordeando las paredes un mostrador, cuatro máquinas de coser,  una tejedora, otra mesa para las reposteras y un horno de leña.  Además, un parque para bebés, dos armarios y un rincón que sirve de almacén para todo tipo de materiales. Esta sala la utiliza por la mañana y hasta las 17 h, más o menos, el grupo de Mujeres Neema, con las que he pasado el día.

En el Aula Bamba las mujeres se dividen en cuatro talleres: las que hacen bollos, las que confeccionan uniformes escolares, las que hacen bolsas de tela y de sacos de cemento reciclados y las que hacen pulseras. Hoy han venido unas 12 mujeres y todas coinciden en la importancia de este proyecto porque les permite llevar cada mes algo de dinero a sus casas.

La situación de estas mujeres no es fácil. Son viudas, mujeres jóvenes casadas con hombres mucho mayores que ellas, segundas o terceras esposas, esposas abandonadas o mujeres con VIH. Todas cargan con bastantes hijos a sus espaldas y aquí encuentran un lugar de reunión a la vez que ven recompensado su trabajo. Por lo que me contaba Esther, la coordinadora de las Mujeres Neema, el nivel de compromiso de todo el grupo es cada día mayor y quieren hacer productos nuevos, innovar, salir a la calle para enseñar sus manufacturas y, en definitiva, que todo el mundo sepa que se sienten enormemente orgullosas de su trabajo.

Por eso he traído ideas nuevas de productos que sé que en España gustarán y con los que nos pondremos a trabajar la semana que viene. Esta, los hemos mirado pero nos hemos centrado en terminar la muestra de cosas que llevarán el jueves a la Feria Anual que se celebra en Kabarnet y en la que están presentes representantes de todos los ministerios del país.  Cruzo los dedos para que todo vaya perfecto.