jueves, 17 de abril de 2014

Cinco años echándote de menos



Tal día como hoy de hace 5 años las vacaciones de Semana Santa ya habían terminado y la jornada parecía que iba a ser normal, una más. La excepcionalidad residía en que mi madre estaba en Guatemala con su ONG y, por ese motivo, iba a comer sola con mi padre. Al llegar a casa, le encontré sentado en el banco de la cocina, la comida sin hacer y la mesa sin poner. Estaba perdido en la noticia que le acababa de dar una de sus hermanas: tío Luis tenía un tumor cerebral. 

Ese día ya nos dijeron que no había nada que se pudiera hacer. Ese día todos fuimos atando pequeños cabos de acciones y anécdotas sucedidas en los últimos meses y le entendimos en todas sus "nuevas rarezas". El hombre que más había vivido de la familia, viajado, trabajado, disfrutado. El hombre sin esposa ni hijos propios, pero con 15 sobrinos a los que nos educaba en diferentes aspectos de la vida, se iba en una marcha que sería muy rápida y dura para toda la familia. 

Tío Luis era especial y querido por la gran mayoría de los que le conocían. Por los que no le querían, era envidiado. Entre los sobrinos, no había más que un sentimiento. Era uno de los tíos jóvenes, y que, en uno de esos alardes de generosidad que sólo pueden tener los solteros, nos invitaba en Navidad a todos los primos mayores de edad y con carné de conducir a cenar en un buen restaurante. El carné era necesario porque decía que era una forma de obligarnos a ser independientes, aunque sólo fuera porque podíamos ir de un lado a otro en nuestro propio coche. Nos recordaba la importancia de tener raíces y alas. También, año a año nos iba enseñando la "buena vida" y a ser un poco sibaritas, a que no sabe igual el cava que el champán, a que se pueden beber vinos que tienen más años que nosotros, o que existen lugares en los que se come incluso mejor que aquellos a los que vas con tus padres. 

Sus últimas Navidades nos saltamos esa cena. Era difícil combinar fechas y él, a diferencia de otros años, no insistió. Desde entonces, con un presupuesto por cubierto infinitamente inferior al que él disponía, los primos seguimos haciendo cena de Navidad. Es nuestro particular homenaje a tío Luis y, aunque coincida en fechas de otras muchas celebraciones familiares, laborales y amistosas, procuramos no fallar. A veces le nombramos y brindamos por él, otras, simplemente está allí entre nosotros, preguntándonos por novios, bodas, hijos y viajes; y animándonos a seguir aprovechando todas las oportunidades que se nos planteen.

Tío Luis disfrutó de su vida hasta casi el final. Desde la fecha del diagnóstico continuó su camino hasta el último día de julio y yo, en esos tres meses y medio, le vi en contadísimas ocasiones: una o dos en el hospital y el día que el Barça ganó la Champions en Roma. Esa noche, decidió que quería ir a ver la fiesta de la Plaza de las Tortugas y a medio camino nos encontramos. Las siguientes cuatro temporadas he continuado acercándome a la fuente imaginándomelo por allí, un no amante del fútbol entre la multitud de aficionados. Este año, el Barça no me ha dado ni la satisfacción de dejarme volver a celebrar un titulo y volvernos a cruzar bajando Jaime III mientras me dice que quería ver un poco el ambiente y a la gente porque no había ido nunca antes. 

Este año, además de no poder celebrar ningún título, hoy no podré llevarle su maceta de flores azules como he hecho los últimos cuatro años. Esas flores del color del mar que decoraban su casa durante su fiesta de onomástica. Hoy, sin embargo, cogeré un avión y se lo volveré a dedicar a él en el que es mi homenaje y mi mejor forma de recordarle tal como era antes del 17 de abril de 2009. Por él, y por la corta pero intensa vida que vivió, yo voy a seguir disfrutando como seguiría haciéndolo él: viajando y viviendo. Todo ello, con una sonrisa feliz, incluso en el día que marca el inicio de nuestra vida echándole de menos.  

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