lunes, 13 de octubre de 2014

Excursiones inesperadas: East Pokot

Hoy iba a empezar mi rutina keniata. La semana pasada hice un planning con Christine (una de las coordinadoras locales) y establecimos tareas fijas para cada día. El fin de semana es para estar con los niños, así que el lunes podía ser de "relax" y dedicarlo a hacer excursiones para, ya que estoy aquí,  conocer algo más de la zona. Así que hoy mi plan era ir al Museo de Kabarnet y recorrer un poco la ciudad. ¡Ilusa de mí!

Cuando he ido a desayunar, Rutto me ha comentado que tenía que ir al internado en el que estudian varios niños del orfanato o apadrinados por Bamba. Su idea era ir en "matatu" (transporte público) porque en coche era demasiada gasolina. Me he ofrecido a pagarla yo a cambio de acompañarles y, sin duda, ha sido la mejor decisión e inversión que podía hacer.

El internado está en una zona asfixiantemente calurosa. Pasar de nuestro oasis verde, fresco y agradable a esa sabana polvorienta ha sido durísimo. Menos mal que las vistas compensaban y lo que iríamos encontrando posteriormente ha hecho del viaje una sorpresa increíble.

Durante los primeros kilómetros hemos ido viendo el Lago Baringo (área que visitaré con más detalle otro lunes), numeras aves, termiteros y... la primera gran alegría del viaje: un rebaño de dromedarios que nos han cruzado por delante mientras yo hablaba con el pastor y le compraba su taburete portátil. La suerte hoy estaba de nuestra parte y unos kilómetros más adelante hemos vuelto a encontrarnos con más dromedarios guiados, como los anteriores,  por unos "pokot". 

El pueblo del internado no tenía nada. Parecía más bien del lejano Oeste que un pueblo keniata. Eso sí,  las construcciones de chapa metálica lo identificaban claramente como africano. Pese a que el pueblo y la escuela tienen poco que ver, sí lo tiene la gente con la que hemos tratado. Más "pokot" a los que se les hacía más extraño ver a una mujer blanca allí que a mí conocer a unos hombres y mujeres pertenecientes a unas de las tribus más conocidas después de los masai. Es divertido y agradable ver la sonrisa que se dibuja en la gente cuando les saludo. Desde el coche lo hago mucho a los niños que gritan "muzungu, muzungu". Hoy, hemos ido un paso más lejos y las pokot me tocaban y corrían lejos. Han tocado mis orejas (en las que ahora no llevo pendientes), las manos, los brazos, el cuello y la cara. Reían al comparar su piel con la mía y yo reía con ellas.

Antes de despedirnos he negociado con una de las niñas que me vendiera su collar y ponérmelo ha sido otra recarga de energía para una vuelta que se ha hecho un poco larga pero en la que hemos seguido disfrutando de la vegetación de clima seco y de los pájaros mientras agradecíamos al niño que nos ha hecho recorrer todos estos kilómetros el haberse portado mal en clase.

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