martes, 21 de octubre de 2014

Juegos y entretenimientos en Kabarnet

En el orfanato Sunrise y en la zona Bamba no hay videoconsolas, ni juguetes a pilas. Ni siquiera hay cajas con coches, muñecas,  animales o cualquier otro entretenimiento que en España nos parecería normal. Aquí, estos más de 40 niños comparten menos juguetes de los que tiene uno de nuestros hijos, sobrinos o primos de tres o cuatro años. Algunos viajeros trajeron en su equipaje algún peluche, piezas de construcción, automóviles... Entretenimientos que los más pequeños sacan de vez en cuando y que son considerados auténticos tesoros. Los mayores, mucho más acostumbrados a tener que compartir todo, tiran de los juegos de toda la vida para pasar las tardes.

En estas semanas he aprendido a jugar a las chapas haciendo "gusanos" de colores, a saltar un "elástico" hecho con un trozo de lana, a tirar piedras en una mezcla de bolos y petanca al que juegan principalmente los varones o a contar carreras de correr sobre sus manos. También he recordado las figuras de cuerda que hacíamos con los dedos, a hacer rodar una rueda montaña abajo, a usar una tapa de plástico como volante en un tren imaginario y a tirarme por un tobogán que no pasaría ningún control de seguridad infantil.

Lo más difícil ha sido controlar mis instintos para no decir todo el día "no, con eso no se juega" al ver a niños de cinco o seis años coger un gran cuchillo para cortar un trozo de caña de azúcar o atajar un solar colándose entre hilos de espino... Y me callo porque, al fin y al cabo, esta es su vida. Yo soy la extraña,  la rara. Estos son sus entretenimientos, sus momentos de diversión. Los niños con los que trato a diario son ante todo niños. Niños que tienen la gran fortuna de usar su imaginación,  de no aburrirse nunca, de poder ir de un lado para otro sin vigilancia y de hacerlo con libertad,  aunque se abran las rodillas o de vez en cuando lloren porque se han hecho un chichón. Les veo y pienso en esos niños nuestros que para coger la bici llevan casco, coderas, rodilleras, tobilleras... y creo que me quedo con las piedras, las chapas y los hilos... porque esta fue un poco mi infancia. Con elásticos, figuritas, lápices de colores y ayuda los Playmobil fui muy feliz, igual que lo fui durante los veranos yendo libre del apartamento a casa de las abuelas o de los vecinos con la única supervisión de algún primo un poco mayor.

Y aquí, en Kabarnet también me siento un poco niña feliz y salvaje, todavía no me he atrevido a ir descalza,  pero sí me uno a los juegos o a pasar por debajo de la alambrada. Todavía me queda un mes y medio, a lo mejor hasta cojo el machete y me pongo a cortar caña de azúcar.  Quién sabe...

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