miércoles, 12 de agosto de 2015

Una mallorquina en Ardfern

Això era i no era, bon viatge faci sa cadernera, un almud per tu i una barcella per jo.

Con este inicio de rondalla mallorquina podría empezar perfectamente el relato de cómo acabé aquí, en Ardfern, en este pueblo que sólo conocen los escoceses aficionados a la náutica. En este pueblo situado a dos buses y un tren del aeropuerto más cercano y en el que, literalmente, no hay nada más que hacer que beber, comer y ver fútbol en nuestro pub.

Desde que llegué de Kenia tenía claro que este año iba a volver a irme fuera de Mallorca y por un periodo más largo de tiempo. Mi trabajo era fácil y cómodo, pero no me satisfacía. Quería cambiar de sector y necesitaba conseguir un nivel de inglés mejor, el necesario para poder mantener una entrevista en esta lengua con cualquier responsable de recursos humanos y para poder sentirme cómoda trabajando en un departamento de comunicación bilingüe. 

Durante un tiempo me dediqué a pensar en opciones posibles: Sudáfrica, Australia, Estados Unidos, Canadá... Ya que me iba, que fuera bien lejos. El problema principal en todos estos destinos era ser mayor de 30 años y no poder optar a una visa "working holiday". El siguiente problema era la inversión económica que debía realizar sólo para llegar hasta allí, cosa que hacía bastante más complicada mi salida hacia el lejano extranjero. Tenía que buscar opciones más sencillas por tema de visado, trabajo y dinero.





Hará unos dos meses, comiendo con mi abuela en casa de mis padres, la solución llegó a través de un documental de La 2. En uno de esos documentales que, según el EGM nadie ve, me enamoré del paisaje de las Islas Hébridas y le comenté a mi madre que ese era el lugar al que quería ir. Su respuesta fue: "allí te morirías de pena. El mar es negro y el cielo siempre gris. Además, no hay nada que hacer". Para mí si había cosas que hacer. Había paisajes preciosos, excursiones en barca para ver la fauna marítima, había aves y una sensación de absoluta tranquilidad, de ser un lugar en el que todavía no había llegado el ruido al que nos hemos acostumbrado en las grandes ciudades. Para mi año de desconexión quería eso, algo perdido, un lugar en el que la gente me conociera y me saludara por la calle, en el que el contacto humano se valora y te sonríen con un hello! cuando pasas al lado de alguien por la calle, aunque no lo conozcas. Algo más o menos parecido a ser la mzungu del pueblo, la extranjera a la que dar conversación.

Ese mismo día, allí en casa de mis padres, me puse a buscar ofertas de trabajo en las Hébridas. Ofertas a ser posible con alojamiento incluido, que aquí todo es muy caro. Mandé mi currículo a 10 ó 12 sitios y no todos en las Hébridas, pero sí en lugares que me recordaran a ellas. Contactaron conmigo de una heladería en Inglaterra y de aquí, de The Galley of Lorne Inn. De este sitio me llamó la atención el anuncio de trabajo, te invitaba a uno de los lugares más bonitos de Escocia. La web del establecimiento también ayudó a que decidiera darles el "sí quiero". Así que, después de un primer email en lunes y una llamada el martes, el miércoles 8 de julio (¡hace sólo un mes!) solicité una excedencia voluntaria en el trabajo y poder disfrutar de mis días de vacaciones mientras ya estuviera aquí trabajando. Por suerte, la Junta de Gobierno del Comib aceptó mi petición y nueve días más tarde estaba cerrando mi casa y poniendo rumbo a Glasgow para esta nueva experiencia laboral y vital. Por suerte, también, la oferta era real y volví a agradecer a San Google cómo nos ha facilitado la vida y ha reducido las fronteras mundiales a un click en el ordenador.

La llegada, gracias también a San Google Maps y sus indicaciones, fue fácil. Pasaron algo más de 13 horas desde que cogía el taxi en Palma hasta que el bus me dejaba en Ardfern. Llegué en una noche de viernes con el restaurante lleno y el pub a rebosar por ser velada de música en directo. Me alegró ver que el lugar era tal como salía en las fotos y que, al menos en verano, iba a tener contacto con mucha más gente de la que en un principio pensaba. En estas tres semanas he visto que las Hébridas están aquí delante y que el paisaje y la fauna es bastante parecido al que tenemos en Ardfern. También he podido comprobar que la gente se saluda por la calle, los clientes habituales son como parte de la familia y, de los ocasionales, el 90% ha estado en Mallorca. No sé cómo será el invierno. Supongo que duro, frío, gris y lluvioso. Pero, de momento, hasta agradezco el fresco escocés en un verano de ola de calor en España.

Y de momento, como en el final de los cuentos, puedo decir que soy feliz con la decisión tomada y que no como perdices porque no me gustan. Pero como muy bien gracias al cocinero del restaurante y sus platos a la carta. Trabajo mucho, unas 52 horas semanales, y empiezo a estar constipada. Pero, aún así, puedo terminar este relato satisfecha de haber venido y con un "colorín colorado, esta parte del cuento se ha acabado".